martes, 6 de septiembre de 2011

Doy mis ofrendas con libertad al Señor Jesús


1 Crónicas 29:5-9; 2 Corintios 8:2-5, 12; Éxodo 35:21-35; Lucas 12:33-34
Para todos los objetos de oro y de plata, y para toda clase de trabajo que hagan los orfebres. ¿Quién de ustedes quiere hoy dar una ofrenda al Señor?  Entonces los jefes de familia, los jefes de las tribus de Israel, los jefes de mil y de cien soldados, y los encargados de las obras del rey hicieron sus ofrendas voluntarias. Donaron para las obras del templo de Dios ciento sesenta y cinco mil kilos y diez mil monedas de oro, trescientos treinta mil kilos de plata, y alrededor de seiscientos mil kilos de bronce y tres millones trescientos mil kilos de hierro.  Los que tenían piedras preciosas las entregaron a Jehiel el guersonita para el tesoro del templo del Señor. El pueblo estaba muy contento de poder dar voluntariamente sus ofrendas al Señor, y también el rey David se sentía muy feliz.

En medio de las pruebas más difíciles, su desbordante alegría y su extrema pobreza abundaron en rica generosidad.  Soy testigo de que dieron espontáneamente tanto como podían, y aún más de lo que podían, rogándonos con insistencia que les concediéramos el privilegio de tomar parte en esta ayuda para los santos.  Incluso hicieron más de lo que esperábamos, ya que se entregaron a sí mismos, primeramente al Señor y después a nosotros, conforme a la voluntad de Dios.

Porque si uno lo hace de buena voluntad, lo que da es bien recibido según lo que tiene, y no según lo que no tiene.

Y todos los que en su interior se sintieron movidos a hacerlo llevaron una ofrenda al Señor para las obras en la Tienda de reunión, para todo su servicio, y para las vestiduras sagradas.  Así mismo, todos los que se sintieron movidos a hacerlo, tanto hombres como mujeres, llevaron como ofrenda toda clase de joyas de oro: broches, pendientes, anillos, y otros adornos de oro. Todos ellos presentaron su oro como ofrenda mecida al Señor,  o bien llevaron lo que tenían: lana púrpura, carmesí y escarlata, lino, pelo de cabra, pieles de carnero teñidas de rojo, y pieles de delfín.  Los que tenían plata o bronce los presentaron como ofrenda al Señor, lo mismo que quienes tenían madera de acacia, contribuyendo así con algo para la obra.  Las mujeres expertas en artes manuales presentaron los hilos de lana púrpura, carmesí o escarlata que habían torcido, y lino.  Otras, que conocían bien el oficio y se sintieron movidas a hacerlo, torcieron hilo de pelo de cabra. Los jefes llevaron piedras de ónice y otras piedras preciosas, para que se engastaran en el efod y en el pectoral.  También llevaron especias y aceite de oliva para el alumbrado, el aceite de la unción y el incienso aromático. Todos los israelitas que se sintieron movidos a hacerlo, lo mismo hombres que mujeres, presentaron al Señor ofrendas voluntarias para toda la obra que el Señor, por medio de Moisés, les había mandado hacer.

Pues donde tengan ustedes su tesoro, allí estará también su corazón. Manténganse listos, con la ropa bien ajustada y la luz encendida.


DECLARACIÓN DE FE DE ACUERDO A LA PALABRA DE DIOS

Doy ofrendas al Señor Jesús libremente – en abundancia- con un corazón dispuesto y alegre.  Me consagro a dar, así como aquellos que se consagran al sacerdocio.  Para mí, es un compromiso de por vida y de alegría.  ¡Soy un dador alegre y gozoso!


Si no has recibido a  Jesús tú Señor simplemente has la siguiente oración creyendo en tu corazón y Cristo será su Salvador:

Padre Celestial, vengo a ti en el nombre de Jesús. Tu Palabra dice: «Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo» y «que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo» (Hechos 2:21; Romanos 10:9). Dijiste que sería salvo cuando el Espíritu Santo venga a morar en mí y me haga nacer de nuevo (Juan
3:5-6, 15-16; Romanos 8:9-11), y que si te lo pido, seré lleno del Espíritu y podré hablar en otras lenguas (Lucas 11:13; Hechos 2:4).
Confío en tu Palabra. Confieso que Jesús es el Señor y creo en mi corazón que lo resucitaste de entre los muertos. Gracias por entrar a mi corazón, por darme tu Santo Espíritu como lo prometiste y por ser el Señor de mi vida. Amén.

Si tus has hecho esta oración escríbeme a la siguiente dirección: enriqueibarra.@integra.com.sv

lunes, 5 de septiembre de 2011

Solo Tú eres el Señor Jesús y cumples Tu Palabra


Nehemías 9:6-8; Salmo 36:6; Génesis 12:1-3; Gálatas 3:7-18; Hebreos 10:14-17; Efesios 1:4
Tú solo eres Jehová.  Tú hiciste los cielos,  y los cielos de los cielos, con todo su ejército,  la tierra y todo lo que está en ella, los mares y todo lo que hay en ellos. Tú vivificas todas estas cosas, y los ejércitos de los cielos te adoran.  Tú eres,  oh Jehová, el Dios que escogió a Abram; tú lo sacaste de Ur de los caldeos, y le pusiste por nombre Abraham.  Hallaste fiel su corazón delante de ti, e hiciste pacto con él para darle la tierra del cananeo, del heteo,  del amorreo, del ferezeo,  del jebuseo y del gergeseo, para darla a su descendencia;  y cumpliste tu palabra,  porque eres justo.

Tu justicia es como los montes de Dios; tus juicios,  abismo grande.  Tú,  Jehová,  al hombre y al animal conservas.

Jehová había dicho a Abram: "Vete de tu tierra,  de tu parentela y de la casa de tu padre,  a la tierra que te mostraré.  Haré de ti una nación grande,  te bendeciré,  engrandeceré tu nombre y serás bendición.  Bendeciré  a los que te bendigan,  y a los que te maldigan maldeciré;  y serán benditas en ti todas las familias de la tierra"

Sabed,  por tanto,  que los que tienen fe,  estos son hijos de Abraham. Y la Escritura,  previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles,  dio de antemano la buena nueva a Abraham,  diciendo: "En ti serán benditas todas las naciones".  De modo que los que tienen fe son bendecidos con el creyente Abraham.  Todos los que dependen de las obras de la Ley están bajo maldición,  pues escrito está: "Maldito sea el que no permanezca en todas las cosas escritas en el libro de la Ley,  para cumplirlas"  Y que por la Ley nadie se justifica ante Dios es evidente,  porque  "el justo por la fe vivirá". Pero la Ley no procede de la fe,  sino que dice: "El que haga estas cosas vivirá por ellas".  Cristo nos redimió  de la maldición de la Ley,  haciéndose maldición  por nosotros (pues está escrito: "Maldito todo el que es colgado en un madero"),  para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzara a los gentiles,  a fin de que por la fe recibiéramos la promesa del Espíritu. Hermanos,  hablo en términos humanos: Un pacto,  aunque sea hecho por un hombre,  una vez ratificado,  nadie lo invalida,  ni le añade. Ahora bien,  a Abraham fueron hechas las promesas,  y a su descendencia.  No dice: "Y a los descendientes",  como si hablara de muchos,  sino como de uno:  "Y a tu descendencia",  la cual es Cristo. Esto,  pues,  digo: El pacto previamente ratificado por Dios en Cristo no puede ser anulado por la Ley,  la cual vino cuatrocientos treinta años después;  eso habría invalidado la promesa,  porque si la herencia es por la Ley,  ya no es por la promesa;  pero Dios se la concedió a Abraham mediante la promesa.

Y así,  con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.  El Espíritu Santo nos atestigua lo mismo,  porque después de haber dicho: "Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días,  dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré",  añade:   "Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones"

Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha  delante de él.


DECLARACIÓN DE FE DE ACUERDO A LA PALABRA DE DIOS

Sirvo a un Dios grande y temible.  Él es el creador de todas las cosas, las del cielo y las de la tierra. Jesús es el dador de vida, todo subsiste por El.  ¡Él me ha elegido para tener un pacto conmigo!  Él me eligió para que sea Su hijo. Él ha recreado mi espíritu y tengo un nuevo corazón que es fiel a mi Dios.  Debido a esto, creo y recibo Sus promesas por medio de la fe en el Señor Jesucristo.


Si no has recibido a  Jesús tú Señor simplemente has la siguiente oración creyendo en tu corazón y Cristo será su Salvador:

Padre Celestial, vengo a ti en el nombre de Jesús. Tu Palabra dice: «Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo» y «que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo» (Hechos 2:21; Romanos 10:9). Dijiste que sería salvo cuando el Espíritu Santo venga a morar en mí y me haga nacer de nuevo (Juan
3:5-6, 15-16; Romanos 8:9-11), y que si te lo pido, seré lleno del Espíritu y podré hablar en otras lenguas (Lucas 11:13; Hechos 2:4).
Confío en tu Palabra. Confieso que Jesús es el Señor y creo en mi corazón que lo resucitaste de entre los muertos. Gracias por entrar a mi corazón, por darme tu Santo Espíritu como lo prometiste y por ser el Señor de mi vida. Amén.

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domingo, 4 de septiembre de 2011

Camino por la senda que es Jesús.


  Salmo 128:1-4: Efesios 5:1; Juan 10:10; Eclesiastés 2:24, 3:22;Salmo 52:8, 144:12, 127:3-5; 1 Pedro 3:10-11
Dichosos todos los que temen al Señor, los que van por sus caminos.
Lo que ganes con tus manos, eso comerás; gozarás de dicha y prosperidad.
En el seno de tu hogar, tu esposa será como vid llena de uvas; alrededor de tu mesa, tus hijos serán como vástagos de olivo.
Tales son las bendiciones de los que temen al Señor.

Por tanto, imiten a Dios, como hijos muy amados

El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia.

Nada hay mejor para el hombre que comer y beber, y llegar a disfrutar de sus afanes. He visto que también esto proviene de Dios,

 He visto, pues, que nada hay mejor para el hombre que disfrutar de su trabajo, ya que eso le ha tocado. Pues, ¿quién lo traerá para que vea lo que sucederá después de él?

Pero yo soy como un olivo verde que florece en la casa de Dios; yo confío en el gran amor de Dios eternamente y para siempre.

Que nuestros hijos, en su juventud, crezcan como plantas frondosas; que sean nuestras hijas como columnas esculpidas para adornar un palacio.

Los hijos son una herencia del Señor, los frutos del vientre son una recompensa.  Como flechas en las manos del guerrero son los hijos de la juventud. Dichosos los que llenan su aljaba con esta clase de flechas.  No serán avergonzados por sus enemigos cuando litiguen con ellos en los tribunales.

En efecto, «el que quiera amar la vida y gozar de días felices, que refrene su lengua de hablar el mal y sus labios de proferir engaños;  que se aparte del mal y haga el bien; que busque la paz y la siga.


DECLARACIÓN DE FE DE ACUERDO A LA PALABRA DE DIOS

Camino por la senda del Señor Jesus Todopoderoso, como un buen hijo y discípulo.  Imito al Señor Jesús en todo lo posible, de acuerdo a Su Palabra, para vivir como el Señor me manda.  Como del fruto de mi trabajo y vivo con el gozo, paz, y gracia ante Dios.  Mi esposa es fructífera y productiva  y mis hijos son ungidos y bendecidos en mi mesa.  Me gozo en la vida que Dios me ha dado para vivir.


Si no has recibido a  Jesús tú Señor simplemente has la siguiente oración creyendo en tu corazón y Cristo será su Salvador:

Padre Celestial, vengo a ti en el nombre de Jesús. Tu Palabra dice: «Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo» y «que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo» (Hechos 2:21; Romanos 10:9). Dijiste que sería salvo cuando el Espíritu Santo venga a morar en mí y me haga nacer de nuevo (Juan
3:5-6, 15-16; Romanos 8:9-11), y que si te lo pido, seré lleno del Espíritu y podré hablar en otras lenguas (Lucas 11:13; Hechos 2:4).
Confío en tu Palabra. Confieso que Jesús es el Señor y creo en mi corazón que lo resucitaste de entre los muertos. Gracias por entrar a mi corazón, por darme tu Santo Espíritu como lo prometiste y por ser el Señor de mi vida. Amén.

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sábado, 3 de septiembre de 2011

Las Promesas de Dios son Si y yo respondo Amen.


 
Hechos 13:32-34; Efesios 4:7-10; Salmo 2:7; Hebreos 1:5, 11:39-40; 2Corintios 1:20; Isaías 55:3
Nosotros les anunciamos a ustedes las buenas nuevas respecto a la promesa hecha a nuestros antepasados.  Dios nos la ha cumplido plenamente a nosotros, los descendientes de ellos, al resucitar a Jesús. Como está escrito en el segundo salmo: »“Tú eres mi hijo; hoy mismo te he engendrado.”  Dios lo resucitó para que no volviera jamás a la corrupción. Así se cumplieron estas palabras: »“Yo les daré las bendiciones santas y seguras prometidas a David.”

Pero a cada uno de nosotros se nos ha dado gracia en la medida en que Cristo ha repartido los dones.  Por esto dice: «Cuando ascendió a lo alto, se llevó consigo a los cautivos y dio dones a los hombres.»  (¿Qué quiere decir eso de que «ascendió», sino que también descendió a las partes bajas, o sea, a la tierra?  El que descendió es el mismo que ascendió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo.)

Yo proclamaré el decreto del Señor: «Tú eres mi hijo», me ha dicho; «hoy mismo te he engendrado.

Porque, ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: «Tú eres mi hijo; hoy mismo te he engendrado»;  y en otro pasaje: «Yo seré su padre, y él será mi hijo»?

Aunque todos obtuvieron un testimonio favorable mediante la fe, ninguno de ellos vio el cumplimiento de la promesa. Esto sucedió para que ellos no llegaran a la meta  sin nosotros, pues Dios nos había preparado algo mejor.

 Todas las promesas que ha hecho Dios son «sí» en Cristo. Así que por medio de Cristo respondemos «amén» para la gloria de Dios.

 Presten atención y vengan a mí, escúchenme y vivirán. Haré con ustedes un pacto eterno, conforme a mi constante amor por David.


DECLARACIÓN DE FE DE ACUERDO A LA PALABRA DE DIOS

Todo lo que Dios prometió a mis antepasados, desde el Rey David en adelante, todo se ha cumplido y se seguirá cumpliendo en mí.  El Padre Celestial hizo Su declaración: "Tú eres mi Hijo, hoy yo te he engendrado"  Y habiendo resucitado a Jesús, para que ya no sufriera los efectos de la muerte, Él me ha dado, a través de Jesús, todas las cosas santas y bendiciones que había prometido a David.  Lo creo y lo recibo por la fe en mi Señor Jesús, mi Dios y mi Salvador.


Si no has recibido a  Jesús tú Señor simplemente has la siguiente oración creyendo en tu corazón y Cristo será su Salvador:

Padre Celestial, vengo a ti en el nombre de Jesús. Tu Palabra dice: «Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo» y «que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo» (Hechos 2:21; Romanos 10:9). Dijiste que sería salvo cuando el Espíritu Santo venga a morar en mí y me haga nacer de nuevo (Juan
3:5-6, 15-16; Romanos 8:9-11), y que si te lo pido, seré lleno del Espíritu y podré hablar en otras lenguas (Lucas 11:13; Hechos 2:4).
Confío en tu Palabra. Confieso que Jesús es el Señor y creo en mi corazón que lo resucitaste de entre los muertos. Gracias por entrar a mi corazón, por darme tu Santo Espíritu como lo prometiste y por ser el Señor de mi vida. Amén.

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